En medio de un sueño

Palenque

Todavía no lo creo. Esto es una locura, pero pasó, está pasando y estoy en medio de ella. Estoy en Palenque, Estado de Chiapas, en el sur profundo de México. Hoy vi unas de las ruinas más impactantes de la Humanidad, nadé en aguas de manantial y me voy a ir a dormir después de haber caminado en medias por la ciudad del mismo nombre.

Ha sido un dia largo, y me merezco dormir. Me estiro en la cama, pensando que es imposible que, hace apenas doce horas, me estuviera revolviendo inquieta en una silla de autobús. Habían pasado ya poco más de quince horas desde que habíamos salido del DF, por una de las más increíbles carreteras que haya visto en mi vida y un viaducto tan alto, que sentí vértigo de mirar hacia abajo al dejar la ciudad.

Tras una noche que a grandes rasgos no se sintió (salvo algunos cambios de postura), estábamos atravesando el sur del país, a tiro de piedra de la frontera guatemalteca. Las grandes autopistas que había admirado durante muchísima parte del trayecto aún no habían llegado hasta allá; pero estaban en construcción, como demostraban los trabajos continuos en las vías. Así pues, las últimas tres horas de las 16 originales fueron en carreteras “comunes y corrientes” de dos carriles. Fueron un poco más duras que las 13 anteriores, sin contar el hecho de que estaba despertando, quería desayunar (motivo por el cual abrí una de las chucherías y un jugo) y muerta de ganas además de desperezarme y caminar.

Por fin, el bus se bajó en el paradero de Palenque. Pude estirar los pies y lavarme la cara y las manos, y estaba lista para la aventura. Lo primero, encontrar transporte. Caminé dos cuadras, y negocié el transporte entre las Ruinas, Misol-Ha y las Cascadas de Agua Azul.

Me reuní con el hermano y salimos camino a las ruinas. La llegada, en una entrada más semejante a la de un Parque Natural que a la de un recinto arqueológico (y donde encontramos a Gilberto, nuestro guía), sorprende un poco al visitante que no está informado; pero una vez dentro, la cosa cambia.

Seguimos a Gilberto, un afable señor de mediana edad que había sido maestro, por un camino en la selva, hasta que, tras unos árboles, emergió de pronto la silueta del Palacio Real, y nos encontramos en una plazoleta donde caía a plomo el más tremendo sol (digno del sur de Córdoba), del cual los turistas buscábamos asilo en las sombras que daban los monumentos. Se me erizó la piel al ver la inmensidad que me rodeaba. La magnitud, la magnificencia y la grandeza de toda una civilización estaba frente a mí, desgranándose en las palabras de Gilberto, a quien mi hermano y yo seguimos por la ciudad.

Con paciencia, nos explicó las diferentes clases de mayas, la finalidad de cada edificio y los distintos complejos de ruinas, que asimilé a “barrios” de esta ciudad. Nos tomamos unas tres horas recorriendo las ruinas, que incluyó entrar  a la tumab de la Reina Roja, la esposa de Pakal. No hubo templo al que no subiéramos, ni puesto de artesanías frente al que no paráramos para ver qué había y qué se vendía.

Después de conocer las ruinas, y de acuerdo con Gilberto, nos despedimos en el camino que lleva al Museo de Sitio. Éste, lamentablemente, estaba cerrado; así que no pudimos ver la recreación de la tumba de Pakal. Esperamos un rato más, comimos algunas chucherías, y llegó la buseta por nosotros para ir hacia Misol-Ha.

Es un recorrido de distancia media, que mi hermano y yo hicimos en la banca de atrás, sin compartir mucho con las personas con quienes fuimos transportados. Por fin, llegamos a una especie de desfiladero, donde había la cascada más grande que yo hubiera visto en mi vida: Misol-Ha.

Una cascada tan grande, que avisan que no es debido nadar cerca a la poza, por temor a que la fuerza del agua que cae “succione y sepulte” (palabras textuales) a quienes nadan cerca de allí.

Caminamos por un sendero que pasa por detrás de sus aguas, emparamándonos. Al devolvernos, nos comentaron que podíamos entrar a una cascada interna que había. “Claro!” dijimos. Nos devolvimos por el mismo camino mojado, lleno de musgo y con pasamanos a los cuales agarrarse en caso de un resbalón. Seguimos más allá de los mismos, caminando por un sendero tallado en la roca del desfiladero, hasta la entrada de la cueva. Nos dieron una linterna y nos guardaron los zapatos, para entrar a ver la cascada oculta. Sin embargo, al momento de salir, me golpeé el pie con una roca que no vi en el lecho del lago, y me lastimé el dedo del pie. El dolor fue inmenso e inmediato.

Ante la preocupación de mi hermano, retiré el pie del agua y oh, sorpresa! Estaba de un coqueto color morado tirando a rojizo que nos hizo temer la posibilidad de una fractura. Sin embargo, recordando un episodio similar en la vida de una familia, y estando como estaba a 16 horas de Ciudad de México, opté por que, si tal era la situación, me entablillaría los dedos de los pies hasta llegar al DF para que los viera un médico. Punto final. No era tan grave, después de todo. Incómodo y doloroso sí; pero grave en modo alguno, le dije a mi hermano. Estaba convencida de que no podría ser algo tan grave como una fractura.

Emparamados y sin tiempo de almorzar, nos subimos a la buseta y continuamos viaje hasta las cascadas de agua azul. Es un recorrido un poco más largo que el que lleva de las ruinas a Misol-Ha, por un monte que recordó bastante las carreteras de la región de la costa colombiana. Sin embargo, esa percepción cambia radicalmente cuando se llega a las cascadas: son cuatrocientos metros del cauce de un río que derivan en hermosas series de cascadas que pueden verse desde malecones muy bien señalizados. Debido a una reacción química de las aguas y un mineral en el cauce del río, el color del agua es azul turquesa muy vivo, lo que hace el agua aún más apetecible para nadar o para mirar.

Caminamos por los cuatrocientos metros de cascada, colina arriba. A los lados del malecón, hay puestos de los indígenas donde es posible comprar artesanías hechas de piedras semipreciosas y ámbar, riquezas principales de la región e instruimentos de comercio y economía de los mayas desde tiempos remotos.
Chiapas es verde y con lechos de ámbar, como no es México; y su suelo es de obsidiana, acerina, malaquita, cuarzo y turquesas. Es una región rica, una región bella y llena de paisajes increíbles para ver y vivir.

En la zona de las cascadas hay posibilidad de bañarse en zonas de balneario que, como los malecones, están muy bien delimitadas. Lo anterior, de nuevo, por el temor a que la fuerza del caudal de las aguas y las continuas series de cascadas puedan provocar un accidente infortunado, o la muerte de turistas o locales. Con el pie adolorido y el zapato completamente desamarrado, caminé los cuatrocientos metros de cascada, deteniéndome a cada paso, para aliviar el dolor. Luego, en la primera zona de balneario del recorrido, optamos por disfrutar del agua que nos rodeaba de forma más directa, y nos bañamos en el agua azul.

¡Qué frío! El agua azul no es fresca, es helada; debido a que es agua de manantial. Baja directamente desde las montañas, por lo que es gélida al tacto.
Aunque mi cuerpo se resintió ante semejante frío, mi pie agradeció la atención prestada. El efecto del agua fría fue reducir radicalmente la inflamación y el dolor que sentía, por lo que llegó un momento en que, con los pies en el agua, no sentía dolor alguno en el pie. Ahí me relajé del todo: lo que tengo es un vil morado!!! Se me quita en unos días, no importa. Más feliz, me salí del agua, me sequé con la ropa y esperé a mi hermano, que había ido a nadar.

Terminando el recorrido y devolviéndonos al pueblo, aprovechamos para revisar un detallito: no teníamos dónde dormir. Preguntamos a los guías dónde podríamos pasar la noche y nos recomendaron el Hostal Yaxkin, en la calle de los hostales de Palenque que, dijeron, tenía para todos los gustos y todos los presupuestos.

A todas estas, el pie me seguía molestando. Un rato después de sacarlo del agua, volvió a molestar. No aguantaba la prisión del zapato, y me dolía asentarlo en la tierra. Me quité el zapato por el viaje de regreso al pueblo yme quedé en medias en la buseta. Lo que no avisé a mi hermano era que planeaba quedarme en medias hasta el momento de irnos a dormir. Para su sorpresa, caminé en Palenque en medias hasta llegar al hotel.

Hubo que caminar un poco, para mi tristeza, pero llegamos. Y no nos arrepentimos. El hostal tiene excelentes instalaciones y, en efecto, hay para todos los gustos y todos los precupuestos. Internet de cortesía y un excelente restaurante de comida fusión completan la presentación de este lugar, que encontramos ideal al punto de caer fundidos en la cama después de hacerse este sueño realidad.

A la mañana siguiente, la parada sería San Cristóbal de las Casas, sugerencia de mi prima.

This entry was published on November 25, 2011 at 3:47 pm. It’s filed under Diario de Viaje, Viaje and tagged , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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