©Alejandra Aristizabal, 2014

Madera, estuco, mosaico y bronce

Las cuatro artes tradicionales de Fes (y de Marruecos) son las que dan el título a esta entrada.  Fueron mencionados por Khalil, nuestro guía, como inducción a las casas, plazas, palacios y callejones que componen la Medina de Fes. Ésta es la más grande del país con más de 4.000 callejuelas, por lo que se hace indispensable un guía para poder conocerla y evitar perderse.

Khalil, asimismo, nos explicó los cinco pilares de un barrio musulmán tradicional, como los que componen la Medina, a saber: hamman (baño turco), fuente, horno, fonda y mezquita. Nada distinto, en esencia, a un barrio español (sobre todo andaluz) o latinoamericano; con lo que mi mente empezó a anotar similitudes.

Después de esta introducción a la vida musulmana, trasegamos por la Medina de Fes. Conocimos también el barrio de los curtidores con su denso olor, así como el famoso fruto de su trabajo: la famosa y nunca más literalmente llamada marroquinería.

Aunque lo promocionan como un lugar lleno de colorido, nosotros visitábamos el país después de la fiesta de Ramadán, cuando la vestimenta por tradición es blanca. Por lo tanto, los pozos de las curtiembres del gremio, que conocimos ese día desde un balcón y tapándonos la nariz con yerbabuena, exhibían todos los tonos posibles de ese color. Desde el blanco más puro hasta el crema, casi llegando a un amarillo suave.

Aquí, me detengo para hablar un poco acerca de los Gremios, pues las zonas comerciales de la Medina todavía se agrupan en torno a ellos. El patio de curtiembre que vimos, por ejemplo, no pertenece a nadie en particular. Pertenece al Gremio. Como tal, todos los artesanos del Gremio tienen derecho a utilizarlo para teñir sus cueros. De ahí se desprende la cercanía de todos los negocios al mencionado patio (casi todos lo rodean) y su correspondiente vecindad, generadora de competencia.

Nos alejamos para superar un poco el olor penetrante del área y enrumbamos hacia la mezquita más representativa de la ciudad. En este momento, tuve una conversación con el guía que en cierto modo determinaría la dinámica del viaje, en un sentido más serio y en otro más distendido. Para justificar el uso del velo islámico y lo que yo llamo el “encierro de la mujer”, el guía me dijo que “las mujeres eran rosas, para cuidar todos los días; mientras que los hombres eran camellos que trabajan y van de un lado para otro”.

La explicación me desconcertó pues detrás de ella pude ver a vuelo de pájaro la interpretación retorcida de la máxima tradicional. Una versión similar al “como te quiero te aporreo”: porque te cuido, no quiero que trabajes; porque te cuido no quiero que otros hombres (o mujeres) te vean descubierta; porque te cuido no quiero que destaques en ningún campo excepto el que la naturaleza te dio: ser madre.

Mi desconcierto hizo que Khalid se encogiera de hombros, gesto que me llevó a una reflexión adicional: mi guía no era una mala persona. No era malhumorado, ni dogmático en sus posiciones (de hecho, al ver mi sorpresa, me preguntó cómo era la situación en Colombia), ni se negaba a hablar con nosotras prefiriendo a mi hermano. De hecho, Khalid era muy amable, y posiblemente lo sería también en casa. Así pues, era una buena persona que seguía una interpretación (a mi juicio) errada con respecto a la mujer y a su papel en la sociedad, por estar considerando hacerle el bien.

No obstante la seriedad de la reflexión que tuve tiempo de hacer, aprovechamos la aseveración del guía con respecto a las rosas y a los camellos para tomar el pelo todo el resto del viaje. Me dediqué a entonar la letyanía “Allah, dame un camello…Allah dame un camello!..y mira tú, lo he tenido fuerte y sano a mi lado toda la vida!” Durante el resto del viaje, Pipe fue rebautizado nuestro Camellito cargador.

Caminando aún más por la Medina, entramos a un taller donde se hace el aceite de argán, producto más reconocido de Marruecos. Si bien el proceso es similar para ambos productos del aceite (cosmético y alimenticio) la diferencia radica en que las semillas destinadas a la alimentación se tuestan antes de comenzar. Después, las semillas se trituran hasta que su esencia sale, es enfrascada y vendida. Como la máxima de la región es no desaprovechar nada, de la pasta que queda al triturar las semillas se hace pan, del cual nos dieron a probar.

De la tienda de argán -hay que partir de la base de que siempre habrá un almacénd e algún tipo- encaminamos a un almacén de telas, donde nos divertimos viéndonos transformados en versiones nómadas de nosotros mismos. Pipe se enamoró de la tela azul de algodón distintiva de Fes que le pusieron. Yo me decanté por un diseño en rojo y negro hecho en seda vegetal de agave, mucho más apto para llevar a la oficina. Mientras tanto, aprendimos acerca del telar y los distintos tipos de teñido y trama de las telas que venden en Fes.

Por la tarde nos fuimos al barrio judío, conocido como la Mellah. Esta palabra árabe quiere decir “sal” y hace referencia a la actividad primigenia de los mercaderes judíos en esta región del mundo: vender sal. De este monopolio se derivó una parte de la riqueza de los judíos, que después pasó a cimentar parte de la banca del país; y que es parte activa del negocio de joyas.

Fue también en este barrio donde, tras unos días de moderación, decidí poner en práctica una de mis actividades favoritas: poner la integridad de mi estómago en riesgo. Con bastante sed, me dirigí hacia un carrito con el llamativo letrero de “jugo de pistacho” escrito en él. Pedí la bebida, pero el vendedor no tenía vasos desechables para seguir tomando mientras caminábamos porque él sólo usaba sus propios vasos, como de vidrio de mermelada. Ante mi decepción, ofreció llenarme lo que me mostró como una botella de agua vacía a lo que asentí a pesar de los aspavientos y las miradas de susto (y asco) de mi hermanito y mi tía. Me llevé la botella a los labios, pasé el primer trago, y……………

Esto sabe delicioso!!!!!!

Era como sentir el helado de pistacho de Creppes & Waffles en tu boca, líquido! Y ESTABA HELADOOOOOO! Y era refrescante, como nada que hubiera tomado hasta ese momento!

Algo de esto se debió haber translucido en mi cara; ya que cuando abrí los ojos (mátame cliché: los tenía cerrados) lo primero que vi fue la cara de codicia de mi hermanito y mi tía. Tomaron, por supuesto, de “mi” botella; la cual, según ellos, yo ya había limpiado al tomar. Además, el no haber hecho muecas de desagrado ni manifestar dolor de estómago, les había dado a entender que la bebida era segura, y que no les haría daño. Admirada por su valentía, les cedí la botella y seguimos caminando por el mercado de la Mellah mientras terminaba la tarde y el muecín llamaba a la oración; lo que nos hizo ir en contraflujo momentaneamente.

Terminamos el día caminando por un jardín público muy bonito, que encontramos mientras buscábamos las tumbas de los Meriníes. Es cercano a la Mellah y al Palacio Real, que de hecho había cedido el terreno. Nos sentamos en el Café LaNoria, para descansar un poco antes de volver al hotel y yo tomaba nota de recordar purgarme al llegar a Medellín.

This entry was published on August 6, 2014 at 10:00 am. It’s filed under Diario de Viaje, Viaje and tagged , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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