Santa Sofía

Hotel Conrad; Estambul, Turquía

No sé ustedes, pero yo solía ver el programa Grandes Palacios cuando estaba pequeña, que transmitían en Discovery Travel y actualmente los transmiten en Discovery Civilization. Entre los diferentes palacios alrededor del mundo, había un programa dedicado a Topkapi.
En él, hablaban específicamente del Palacio, entre cuyas secciones más importantes se contaba el Harén; pero también mencionaban lugares como Santa Sofía y episodios importantes de la historia turca, como la Primera Guerra Mundial.
Fue ese programa el que me fascinó con Estambul, y me hizo desear conocer la famosa capital de tres imperios, que había sido todo y había visto todo. Por eso hoy, mientras caminaba por el jardín de Topkapi, haciendo la fila para entrar en el Palacio, no pude dejar de pensar en que de un momento a otro había dejado de soñar con el momento para estar efectivamente viviéndolo.
Yo estaba ahí: estaba viendo los árboles, los jardines y los edificios que habían hecho parte de la historia que ya había visto en Colombia, hace mucho tiempo, ante un televisor.
Estaba de pronto viendo el Hipódromo, la Columna de Constantino y el Obelisco, los unos cerca a los otros, siguiendo ese trazo fantasmal de la pista que ha perdurado por siglos y que aún hoy configura el parque en el que pasean y charlan estambulitas y visitantes por igual.
Decidimos comenzar por la plaza inmediatamente en frente del Hipódromo, donde se encuentran frente a frente Santa Sofía y la Mezquita Azul, por siglos entre las  construcciones más importantes del Imperio.
De las dos, optamos por entrar a Santa Sofía. Aunque estaba en restauraciones, pudimos ver parte de su majestuosidad; sobre todo el Cristo Pantócrator que la hace tan famos
a y que está en su techo; y que convive con las enormes caligrafías con el nombre y los atributos de Allah, que cuelgan de las columnas.
Su origen como museo es, por supuesto, obra de Attatürk: cuando proclamó la República, recibió representantes de ambas religiones que fueron a pedirle que intercediera por ellos respecto a la propiedad del templo. El líder turco decidió que el edificio le haría más bien a Turquía y a la Humanidad dejando de lado sus implicaciones religiosas y convirtiéndolo en un museo, como continúa hasta nuestros días.
Lo mismo hizo con Topkapi. Creó un museo a partir del complejo palaciego, que incluye las cocinas, una biblioteca, los espacios del Diwan (consejo de gobierno), el salón del trono y del tesoro del sultán; así como las reliquias de Mahoma, las cuales fueron custodiadas por los sultanes turcos hasta el final del califato, en 1.920 y que ahora custodia la República de Turquía.
La razón por la que dichas reliquias están en Estambul y no en La Meca radica en la función del Califato. Esta palabra quiere decir “Guardián de la Fe”, y generalmente se daba al gobernante musulmán más poderoso; por lo que sucesivamente, la posición fue ostentada desde el Califa de Bagdad hasta los Sultanes musulmanes, últimos gobernantes que usaron el título de forma política.
La sección que más me llamaba la atención conocer era la del harén. ¡Casi no llegamos! Es que había tanto para ver que no nos dimos cuenta del paso de las horas hasta que faltaron como quince minutos para que cerraran. Corrí, dando lugar a uno de aquellos “dulces” comentarios familiares acerca de bolitas que rebotan camino del harén. Llegamos faltando cinco minutos, y pude entrar a verlo. ¡Oh sorpresa! los occidentales que esperan (esperamos) ver algo más suntuoso, tal vez pensando morbosamente en el sentido de la  palabra”harén”, se quedan de piedra al ver las interminables sucesiones de habitaciones con azulejos de intrincados diseños en colores principalmente azules.
En lo personal, y si bien era algo diferente a lo que esperaba ver, no me sentí en absoluto
decepcionada porque de alguna manera había algo extremadamente femenino, delicado y lujoso en esas habitaciones. El diseño de los azulejos, la forma en que se fundían con tonos amarillos y ocre; y la forma en que, en general, se complementaba con los muebles de la habitación daba la sensación de un lujo sencillo y agradable. Todo lo opuesto a la  grandiosidad y suntuosidad que caracterizaban las habitaciones del palacio propias del sultán y para uso de la Administración, que eran lo deseable pues mostraban el poderío del Imperio.
Más allá de poder conocer el mítico Palacio de Topkapi o de agregarlo a mi lista de lugares ya conocidos, me siento muy afortunada al haber podido conocer uno de los lugares consentidos de la Historia.
This entry was published on August 14, 2014 at 10:48 am. It’s filed under Diario de Viaje, Viaje and tagged , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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