Un día de relax

Hotel Conrad; Estambul, Turquía

Nuestros pasos nos llevaron hoy a la estación Cemberlitas del tranvía de Sultanahmet; más
concretamente, al Bazar de las Especias. Recorrerlo a fondo es una buena muestra del carácter de Estambul: suntuosa y convulsa, bañada por una luz blanca que hace resaltar muy favorablemente los edificios y las personas, siempre con un orden que la rige y en la que el carácter metropolitano proviene precisamente de esa fusión entre poder y comercio que los turcos han sabido comprender y conservar tan bien a lo largo de su historia.
Después de la ingesta masiva de delicias turcas compradas a un vendedor local, entramos a la adyacente Mezquita Nueva; después de lo cual nos perdimos en la red de callejuelas cercanas al bazar, donde por las noches se instala un “bazar” paralelo donde venden los tenis, las chaquetas y las carteras de contrabando. En Turquía vender imitaciones está prohibido, y el gobierno persigue a los vendedores ambulantes como si fueran ratas.
Sin embargo, a la luz del día se venden artesanías en metal-de las cuales compré varias para llevar a la familia- y demás recuerdos de la estadía en la antigua capital otomana.
El almuerzo nos encontró precisamente en esta salida del Bazar. Comimos en una de las tiendas de la zona, y de ahí seguimos a conocer la estación del Orient Express.
A esta mítica estación -cercana a la estación Eminönü y donde se funden no muy grácilmente los edificios originales junto con nueva arquitectura, más funcional-llegó la crema y nata de Occidente (aventureros, aristócratas, intelectuales y gobernantes) en las postrimerías del imperio con el fin de comenzar sus aventuras orientales con toda la suntuosidad que, sentían, las caracterizaba.
Cerca, se encuentra el famoso Pera Palace. Aunque sigue conservando el carácter de entidad privada que caracteriza al hotel y, por lo tanto, da un poco de corte preguntar a
la entrada, es posible ver exhibidos los objetos que se usaban en la época de máximo esplendor del Expreso de Oriente,principalmente la silla de manos en las que el hotel recogía a sus huéspedes. Fue algo increíble entrar al lobby estilo art nouveau del h
otel y escuchar, en ese justo momento, la vie en rose de Edith Piaf, como sólo en un lugar como ese pudo haber sucedido.
Nos devolvimos y cruzamos el Puente Gálata, con sus famosos pescadores. Desde ahí, fuimos a San Salvador en Chora. Chora quiere decir “extramuros”, o sea situado por fuera del límite de la ciudad. Exactamente, la iglesia se sitúa dentro del actual perímetro de Estambul, pero en su época estaba lejos de Sultanahmet. ¡Y bien lejos! Dos cambios de línea en el tranvía, un trayecto en bus y una caminata de cinco minutos nos dejaron al fin al frente de una de las mayores joyas de la ciudad: una iglesia bizantina con sus mosaicos perfectamente preservados a través del tiempo; no obstante haber sido en su momento la Mezquita Kariye, hoy conocido como el Museo Kariye, o Kariye Müsezi, como nos preguntaron los guardias de la estación del metro.
Hago aquí un hincapié en estos personajes, quienes nos ayudaron en un sinfín de ocasiones estando en Estambul. Son muy amables y hospitalarios, conocen má
s inglés que el turco promedio, y sin duda son más orientados y conocedores del transporte público, lo que hace sus indicaciones mucho más claras y precisas, ya que se elimina el teléfono roto.
Desgraciadamente, este museo estaba también en restauraciones, por lo que pudimos apreciar una pequeña parte. Sin duda, quedé con ganas de apreciar el resto de la iglesia, la que fuera la iglesia de los últimos emperadores de Bizancio, y donde muchos se refugiaron cuando los turcos tomaron la por aquel entonces llamada Constantinopla.
Después de todo esto, nos fuimos a la piscina del hotel para relajarnos un rato. Éste no duró mucho, ya que decidimos ir a Órtaköy, un vecindario cercano al hotel que cuenta con una vida nocturna muy animada. A pesar de tener poco saldo en nuestra Estambul Pass, decidimos ir pues quedaba cerca.
Caminamos hasta la avenida Dolmabahce y de ahí tomamos un bus que nos dejó cerca del puerto. Conocimos su mezquita, la cual me recordó un ponqué, ya que en su interior está decorada con suntuosidad similar a la del cercano palacio, con lámparas de cristal de Bohemia y papel rosado.
Asimismo, conocimos un animado local de Jack’s Potatoes cerca de la mezquita, donde pedimos una papa y un waffle dulce que nos hizo dar síntomas de diabetes a todos
menos a la tía. Sin embargo, como cierta comida nos dejó sin cinco centavos y no teníamos saldo en la tarjeta del bus -lo que nos hizo presentir una caminata larga para comenzar el día siguiente-tuvimos que caminar desde el local de papas hasta el hotel, en el contexto de un aguacero nada agradable y que, estoy segura, debió haber dejado con cara de interrogante al personal de la entrada del hotel.
This entry was published on August 17, 2014 at 11:01 am. It’s filed under Diario de Viaje, Viaje and tagged , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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