Ángeles de la Guarda

Hotel Salomé; Madaba, Jordania

A lo largo de este viaje, hemos tenido varios Ángeles de la Guarda, de los cuales el más notorio tomó la forma de un Director de Operaciones aeroportuarias en el Aeropuerto de Marrakesh.
Hoy, nuestro Ángel de la Guarda decidió encarnar en un conductor de autobús jordano, vestido de chilaba, sandalias plásticas y kefir, un tocado típico de los árabes; que hablaba a todo volumen por un celular y fumaba como una chimenea mientras manejaba a más de 100 kilómetros por hora por la Carretera del Rey, la autopista principal que une el norte y el sur del país.
Lo conocimos esa misma mañana en la terminal de buses de Petra, cuando abordamos el bus con destino a Madaba, la ciudad de los mosaicos. Le explicamos que íbamos para Madaba y él nos entendió lo mejor que pudo. Avanzando en el camino, llegó hasta una intersección, orilló el bus y nos invitó a bajar. Lo hicimos, incrédulos, y nos ayudó con las maletas, nos ayudó a cruzar la autopista, nos paró el bus que iba en dirección a Madaba y nos ayudó a subir al mismo, indicando al conductor que íbamos a dicha ciudad.
Sorprendidos por su generosidad y su desinterés, le dimos las gracias y él sólo replicó “Welcome to Jordan!” Llegamos al centro de la ciudad, y tomamos un taxi hasta llegar al Hotel Salomé. Es un hotel pequeño, propiedad de una familia. El hotel es excelente; no sólo por su ubicación, habitaciones, servicios, desayuno; sino por al ambiente de amabilidad y hospitalidad que hay en él.
Inmediatamente nos presentamos y entregamos nuestros pasaportes, nos saludaron, nos preguntaron de forma respetuosa por nuestro país (una administradora nos contó incluso que viviendo en Estados Unidos, visitó Cartagena en un crucero y que compró aretes de esmeraldas colombianas) y nuestra ciudad; y nos dieron la mayor sorpresa de nuestras vidas: ¡eran católicos! Sí: Madaba es la ciudad católica de Jordania. La mayoría de sus habitantes son católicos; y es conocida por sus excelentes mosaicos y por el culto a San Juan, muy extendido en la región.
Sorprendidos, salimos a caminar por la ciudad para buscar algo de comer y conocer sus famosos mosaicos.
Estuvimos en la Iglesia de San Juan cuya campana, llamada Vox Clamantis in Deserto, fue bendecida por Juan Pablo II en su visita a Tierra Santa en el año del jubileo. Bajando las escaleras, se encuentra la hermosa iglesia, con un estilo oriental pero de rito católico (como pudimos observar, pues se estaba desarrollando una misa) y debajo, varios pequeños lugares que ver: un santuario a San Juan con una reproducción de su cabeza cerc
enada en una bandeja de plata; la tienda de Ruth (ya que la tradición dice que Ruth y Noemi fueron dos beduinas jordanas) y el Pozo de Moab, al cual no nos acercamos mucho.
En la sala de sacristía, estaba la historia de la iglesia, y de la comunidad que la sacó adelante; que al parecer es bastante unida. Fue hermoso ver, por ejemplo, a una pareja mayor donde él estaba vestido con su kefir; pero de saco y corbata para ir a misa y con su libro de salmos bajo el brazo mientras acompañaba a su esposa.
Estuvimos en la Iglesia de San Jorge, ésta perteneciente al rito oriental. En ella, está el mosaico más famoso de la ciudad, ya que representa un mapa completo de Tierra Santa y de las ciudades del Mediterráneo hasta Alejandría.
Cerca estaba el Cardo de Madaba, que permite re montar la historia de la ciudad hasta los tiempos del Emperador Adriano; y cerca a éste, un taller de mosaico donde conocimos la historia del Árbol de la Vida. De ésta hay dos versiones: la de Madaba retrata un árbol con frutos en todas sus ramas, símbolo de la abundancia. La clásica, muestra al árbol del fruto del conocimiento del bien y del mal.
En esta segunda ilustración, un poco más oscura que la primera, se muestra a los animales a la izquierda, en estado de inocencia antes de tomar de dicho fruto; y en estado de competencia y ataque unos a otros después de haberlo comido.
Conocimos también una de las especialidades de la ciudad: la decoración de huevos de avestruz. Este consiste en que vacían el huevo de avestruz, y proceden a decorar la cáscara  con diminutos fragmentos de mosaico (roca que pulverizan) que adhieren al mismo   mediante la cabeza de una aguja previamente encolada. El resultado de alrededor de una semana de trabajo de un artesano es extremadamente delicado y elegante, lo que redunda en el precio del mismo. Francamente, yo no sería capaz de regatear por una muestra de artesanía tan refinada…
De este conocimiento, pasamos a otra muestra de mosaico; esta vez en la iglesia de los 12 apóstoles. Técnicamente no es una iglesia sino un museo, pues aunque el edificio ya no está en pie, sus magníficos mosaicos se conservan. Al ser los únicos visitantes en la tarde, el vigilante se presentó a ayudarnos con un atomizador, con el fin de ver cómo los colores de los mosaicos volvían a la vida; lo que aseguro que es mágico.
Después de conocer esta iglesia, buscamos algo para comer y decidimos volver al hotel. Aunque nos perdimos, los jordanos fueron muy amables y nos ayudaron a orientar tan pronto como pronunciábamos el nombre del hotel “correctamente”: se debía decir “salumi”.
Entramos ya de noche al hotel, para encontrarnos con la parte más agradable del día: la familia y algunos huéspedes se reúnen para tomar el fresco de la tarde en la terraza del hotel. Pedimos algo de tomar y nos unimos, mientras terminaba de caer la noche jordana.
This entry was published on August 30, 2014 at 1:05 pm. It’s filed under Diario de Viaje, Viaje and tagged , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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