Cairo Railway Station

Llegamos con las primeras luces de la mañana a la Estación de Ferrocarril del Cairo. Un edificio imponente en pleno centro, vestigio de la colonización británica -que siempre deja buenos sistemas de trenes a los países que coloniza- y adornado con diseños de papiros, lotos e ibis en las paredes de su vestíbulo principal, que los cairotas cuidan con vidrios gruesos.

Lo anterior, no evita que los alrededores de la estación estén llenos de basura; y que a las cinco de la mañana el bullicio sea el mismo que el resto del día. Teníamos la firme intención de comprar tres tiquetes en el tren que salía a las 6.00 a.m. hacia Alejandría. Conoceríamos la famosa ciudad blanca greco-egipcia del Mediterráneo, capital de los Ptolomeos; la dinastía egipcia de origen griego, últimos reyes del país antes de la conquista romana.

No obstante, no nos fue posible. No porque no hubiera atención al público. La había, así el concepto de filas fuera inexistente y tuviéramos que abrirnos paso entre la multitud de egipcios frente al mostrador. Tras diez minutos de aplastarme en uno, el empleado de la estación tuvo a bien decirme que no había tiquetes a Alejandría en ningún horario hasta el día siguiente. Tendríamos que buscar, entonces, otra manera de viajar hacia el norte.

Por suerte para nosotros, los alrededores de la estación son asimismo una improvisada terminal de busetas, camiones y automóviles de servicio público y privado. Es posible, entonces, conseguir transporte para casi cualquier rincón del país si no hay boletos de tren disponibles.

Inmediatamente se nos acercó un amable conductor egipcio que ofreció sus servicios hasta Alejandría por la módica suma de 35 libras egipcias por persona. Mi hermano y mi tía asintieron y lo siguieron; y yo los seguí detrás asustada y todavía sin creer. ¿Cómo va  alguien a conducir tres horas hasta Alejandría por todo el Delta, sin saber si va a tener pasajeros al regreso, por sólo ciento cinco libras egipcias; un poco menos que un tiquete de un solo trayecto a Santa Marta en VivaColombia? De eso tan bueno no dan tanto; y así les dije a mi tía y mi hermanito; no fuera a ser que termináramos con nuestras cositas al hombro en la carretera al Delta o alguna situación peor.

Cuando nos aproximamos al carro, entendimos. El señor nos había dicho la tarifa de la buseta para tentarnos; pero el precio real de su carro era de cuatrocientas libras egipcias por persona. Aliviada por esto, y por saber que no íbamos a acceder a la propuesta de sus servicios, enrumbé a la buseta disponible para ir a Alejandría y me subí sonriendo; preparada para pasar tres horas de viaje por carretera.

Mis dos compañeros cayeron profundos nada más comenzar. Me la pasé entonces mirando al paisaje una gran cantidad de tiempo; viendo el desierto transformarse en el Delta, lleno de verde. Mientras tanto, el olor de las marismas y el salitre se iba imponiendo hasta llegar a las refinerías que hay afuera de la ciudad. Habíamos llegado a Alejandría.

This entry was published on September 9, 2014 at 2:29 pm. It’s filed under Diario de Viaje, Viaje and tagged , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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