En las entrañas de Alejandría

El día de hoy estuvimos, literalmente, en las entrañas de un monstruo llamado Alejandría; el cual caminamos hasta quedar agotados.
Comenzamos el recorrido por la Ciudadela Qaitbey. Hecho en arenisca con el fin de defender la ciudad sarracena de los cristianos, el fuerte se levanta donde antes estaba el Faro de Alejandría, derrumbado por un terremoto de inmensa magnitud que al mismo tiempo hundió la zona donde en tiempos antiguos quedaba el puerto y el área de los palacios, aumentando el tamaño de la hondonada donde se asienta la moderna Alejandría.
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El fuerte en sí es hermoso; parece, perdonarán mis palabras, el Castillo de Lego a escala real. Caminar por él da la sensación de perderse en el tiempo y volver a la época de las Cruzadas, cuando un ataque de los cristianos era temido en cualquier momento. La Ciudadela tiene almenas, pasarelas, corredores, mazmorras, habitaciones públicas y privadas e incluso una mezquita, todos los cuales conocimos; disfrutando, incluso, del espectáculo de los pescadores con caña alejandrinos, entre los que se cuentan adultos y niños.
Despidiéndonos del Fuerte, así como del pequeño museo de Biología Marina que hay en él y que también conocimos, comenzamos a caminar…y comienza la Corniche a extenderse, haciéndose físicamente interminable. Estamos buscando la Mezquita de Abu Abbas, que de acuerdo con nuestro itinerario estaba cerca pero que ahora resulta no estarlo tanto, aunque acabamos por encontrarla de suerte, cerca de unos bancos y a un parque.
De allí, decidimos tomar un taxi que nos lleva a la Biblioteca de Alejandría. Situada justo sobre el Malecón de la ciudad -la Corniche- la Biblioteca fue inaugurada en 2.002 y tiene en su interior la bobadita de cuatro museos, una galería, un planetario, un centro de conferencias, una biblioteca enteramente digital, seis bibliotecas especializadas y la sala de estudio más grande del mundo, con once pisos de salas de lectura para disfrute de quienes, como yo, amamos los libros.
Confieso que uno de mis sueños de nerdita más recurrentes, tan pronto como supe que se estaba haciendo el esfuerzo de reconstruirla, fue conocer la Biblioteca de Alejandría; una ciudad que, junto con Atenas, fue cuna y custodia de la erudición tradicional.
Caminando y caminando, rodeamos el edificio de la Biblioteca. Para aquellos que buscan algo de Alejandro, les comento que en esta ciudad no encontrarán mucho, al menos en cuanto a espacio público se refiere: escasamente una estatua ecuestre es todo lo que le ofrece la ciudad a su fundador, una de las personas más ilustres que existieron.
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Volvemos a la Corniche, que se hace inmensa; más que cuando la recorremos en taxi. El hambre aprieta y decidimos confiar en la proximidad de la biblioteca como garantía de buena calidad en los alimentos, por lo que buscamos un lugar para almorzar. Encontramos uno donde venden sánduches,de los cuales disfrutamos, estando pendientes de salir a  buscar más lugares conocidos de la ciudad, como las Catacumbas, que es nuestra próxima escala.
El taxista que nos lleva se llama Alaa**. Es un joven simpático que habla buen inglés y que de paso se sorprende al ver el regateo de su carrera, al punto de bromear preguntando si somos egipcios; y de decirle a mi familia que van con una “buena negociante” cuando nos deja en la puerta de las catacumbas, mejor conocidas como Kom el Shokafa.
Debo confesar que su tamaño no me pareció particularmente sorprendente; sobre todo comparándola con las catacumbas de Lima, que sí son inmensas. Estas, digamos, están “distribuidas” por un terreno pequeño, y son una serie de pequeñas tumbas que datan del Siglo I, cuando se dio un fenómeno muy interesante en el arte antiguo que fue la unión de los elementos egipcios y griegos del arte. Las momias y las pinturas que datan de esa época son hermosos, pues a la sacralización y la rigidez propia del arte egipcios se añadió el realismo de los griegos, dando como resultado un arte híbrido que procura reunir lo mejor de dos civilizaciones.
Salimos de las Catacumbas muy preocupados; ya que para llegar al Pilar de Pompeyo hay que atravesar el centro viejo de la ciudad, justo donde estamos. La razón de nuestra preocupación es lo deprimido del lugar, donde incluso hemos visto camas tiradas entrelos montones de basura y de partes de automóvil remanufacturadas. La verdad, dadas las condiciones del vecindario, decidimos buscar mejor un taxi al que -advertí- no iba a  regatear para que nos sacara de ahí. Por sesenta libras egipcias, pagadas con mucho gusto, un taxista nos sacó de ese muladar y nos llevó a nuestro próximo destino: el Museo Nacional de Alejandría.
Antes, sin embargo, una escala en el Costa Cafe -un café estilo Juan Valdez-para tomar un tentempié. Este café se sitúa justo en diagonal al Museo, sobre una calle tranquila que uno imagina más propia de ciudades históricas como esta que las vías sucias y caóticas que nos estamos acostumbrando a ver. Cruzamos la angosta calle y entramos al Museo, una pequeña casa que guarda hermosos tesoros egipcios, griegos, romanos e híbridos, del tiempo de los Ptolomeos. Pasamos un tiempo tranquilo conociendo las exhibiciones, relacionadas con la ciudad y con el impacto tan profundo que tuvo en la historia egipcia hasta los días actuales.
Desde aquí, decidimos seguir una especie de calle comercial de la ciudad; en la que descubrimos que los edificios con locales limpian la fachada de su primer piso; pero que los pisos superiores los mantienen en las mismas condiciones que aquellos edificios situados detrás de la Corniche. La foto que incluyo a continuación muestra esta curiosa práctica alejandrina:
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Recorrimos más o menos unas cuatro cuadras de la calle, hasta que vimos cómo se volvía a deprimir y, oh, sorpresa! Nos encontramos justo delante del Teatro Romano, un lugar que habíamos dejado de buscar al darlo por perdido en el caos alejandrino.
De nuevo, no hay sorpresa o admiración: es más grande el de Éfeso, es más grande el de Petra. Este, sin embargo, tiene el mérito de haber sobrevivido a los propios egipcios, sin haber sido ayudado por las arenas del desierto o el abandono por marismas que ayudaron a los otros dos: este siempre estuvo en medio de la ciudad, presa fácil del espíritu fanático del hombre, siempre dispuesto a destruir por una idea vaga.
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Dejamos el teatro y salimos de nuevo desde quién -sabe- dónde hacia el hotel, para recoger nuestros bártulos y salir con rumbo a la terminal de buses de Alejandría, desde donde saldríamos con rumbo a Sharm el – Sheikh, para la etapa final de nuestro viaje.
En general, Alejandría y El Cairo me dieron cierto sentimiento de inseguridad y anarquía; que no he sentido en ningún lugar por el que he viajado. No me dio susto salir a las once de la noche de la ciudad antigua de Jerusalén, ni me dio miedo andar a las diez de la noche por Marrakesh; pero sí me daba susto salir a las ocho de la noche a recorrer estas ciudades llenas de escombros y que no parecen tener futuro más allá de su pasado.
Alejandría, en particular, me da la sensación de que tiene mil cosas lindas que podría mostrar al mundo con orgullo, como la unión de Grecia y Egipto que ha representado desde hace más de dos mil años; pero que por desidia las esconde entre callejuelas, para disfrute de aquellos que sean lo suficientemente valientes para venir a ver.
**El teléfono de Alaa, por si quieren contactarlo es 01201873939
This entry was published on September 10, 2014 at 2:39 pm. It’s filed under Diario de Viaje, Viaje and tagged , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

2 thoughts on “En las entrañas de Alejandría

  1. Miriam on said:

    Te falto contar nuestras peripecias en el hermoso y limpio apartamento de Alejandría y la emoción que nos produjo llegar al Hilton

  2. Pingback: Bibliotheca Alexandrina | Through the looking glass

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