En la entrada al Desierto

Llegamos a Villavieja, municipio del Departamento del Huila situado a la entrada del Desierto, a eso de las 9.00 a.m., después de atravesar medio país y hacer paradas para cena y desayuno. El calor allá es como de horno; pero –a diferencia de muchas partes de Colombia- no era húmedo, lo que lo hace manejable.

Tras una visita corta al Museo Paleontológico de Villavieja, hicimos una última parada para aprovisionarnos del agua necesaria para nuestra estadía (seis botellas de agua con gas y dos garrafones de a cinco litros de agua cada uno), más el consumo de algunas cervezas en una de las instituciones más venerables de Colombia: la tienda en la plaza del pueblo.

Llegamos al hotel al filo del mediodía. Tras una repartición un poco tortuosa de habitaciones y camas (ya que había varios en acomodación múltiple), entramos a nuestra habitación.

Ciertamente el plan era guerrero. Estábamos en un hostel en el desierto; y si bien compartíamos las tres una habitación con baño propio; ésta colindaba con la zona de dormitorios en hamacas del hostel; que a su vez era vecino de la zona de camping. Las cabañas, para cuatro personas, quedaban cerca de las habitaciones, y el restaurante hacía las veces de patio central de la comunidad.

Otro dato: precisamente por estar en el desierto, la energía se obtenía a través de plantas solares. Es muy lógico, pues se está aprovechando la luz del sol, abundante en la zona y fuente de energía limpia; pero, desgraciadamente, el uso de la misma se limitaba a dos horas en el día. Por lo mismo, los únicos tomacorrientes del hostel estaban en las zonas comunes, y la administración habilitaba unas extensiones al momento de utilizar la energía, para que los huéspedes pudiéramos cargar nuestros dispositivos.

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Precisamente por lo remoto del sitio, tampoco había señal de celular. Sólo uno de los cuatro proveedores de comunicación del país tenía señal en Tatacoa. Por esto, estos días fueron unas vacaciones en las que forzosamente me tuve que desconectar del mundo; por lo que prioricé la carga de mi cámara antes que la del celular.

Las particularidades del alojamiento nos sacaron una sonrisa más de una vez; pero, muy a menudo, estábamos demasiado cansadas por las actividades del día como para precisar comodidades distintas a una cama limpia, un baño propio y un techo donde protegernos del frío y el viento; ya que las noches en la Tatacoa eran frescas.

This entry was published on April 13, 2017 at 10:08 am. It’s filed under Diario de Viaje and tagged , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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