Momo

Si no haber comenzado mi proyecto de Lecturas de la Infancia con Naricita sonaba a injusticia, ésta ya clamaría al cielo si no continúo mi proyecto con la lectura de Momo. Las andanzas de la  niña y la tortuga imaginadas por Ende son dueñas de un enorme lugar en mi corazón, como ya tuve oportunidad de insinuar, en este escrito y en este otro.

Este libro llegó a mí como un regalo de primera comunión. Uno más entre la (para mí) enorme pila de libros que me regalaron mi familia y mis amigos esa ocasión, que me llegaba casi hasta la cintura, y entre la cual destacó rápidamente. No sólo por su edición (con una imagen tomada de la película de 1.988), que la diferenciaba físicamente de las demás portadas, diseñadas para niños; sino porque, en sí mismo, no es un libro para niños.

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Mi 20 de julio (Día del Grito de Independencia colombiano, para quienes no lo conocen) se fue releyendo a Momo. Una lectura fácil para un adulto; pero llena de retos para la niña de 9 años que fui en su momento y que, como ya dije, recibió el libro de regalo. Éste todavía está en mis manos, y luce tal y como el día en que lo marqué con mi letra de niña pequeña, usando un lápiz.

IMG_20170724_115439(Hay 21 años entre una firma y otra…!)

Veintiún años y varias donaciones y reorganizaciones de libros después, Momo sigue ocupando un lugar de privilegio en  mi biblioteca, porque es una de esas lecturas que llegan al alma. De esos libros que te cambian la vida. Que te dejan enseñanzas; y con los que aprendes a cuestionar y a ver la realidad con otros ojos, tal vez menos complacientes acerca de algunos aspectos de la sociedad que nos rodea.

IMG_20170306_124107Momo se encuentra en el estante de libros hermosos, entre Alicia en el País de las Maravillas (negro) y El Barón Rampante (azul oscuro)

De Momo aprendí muchas cosas. Me encantaría decir que aprendí a escuchar como la niña del chaquetón y la falda de retazos; pero ese nivel de introspección sólo se encuentra después de una vida de recogimiento y de un conocimiento de uno mismo enorme. Para Ende, ese conocimiento de uno mismo lo tienen los niños, que no están afectados por el qué dirán como los adultos y piensan en compartir, no en atesorar, lo que son y lo que tienen. Por eso son los mayores enemigos de los Hombres Grises.

Los malos de la obra representan la sociedad de consumo en sus peores aspectos: la frialdad, la codicia, el egoísmo y el anteponer la producción a las personas. Lo más grave para Ende, es que –como él mismo dice- es que “los propios hombres les dan la posibilidad de existir”; para después asumir esos dictados como si fueran una decisión propia y un dogma de fe que hay que imponer. De ahí la amargura imperante en la ciudad una vez los hombres grises toman el poder; en la que las casas son “almacenes de gente” y los colegios “depósitos de niños”, donde se mata la imaginación por la utilidad.

IMG_20170721_180504Los barrios construidos bajo la premisa de ahorrar tiempo para los Hombres Grises, según ilustraciones de Ende (tomado de mi libro).

Los Hombres Grises crean consenso, y se lucran de él. Engañan, y apelan a la codicia de los demás para conseguir sus objetivos. De manera maquiavélica, van ocupando posiciones dentro de la sociedad; pero siempre a través de terceros, pues habitan la zona del crepúsculo donde la línea entre lo correcto e incorrecto es más tenue.

Luego, está el tema del Tiempo. Éste es descrito de la manera más hermosa y luminosa por Ende, en el libro. Para Ende “el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón” (como lo dice el Maestro Hora)…así que básicamente, lo que hacen los hombres grises es robar la vida de los hombres y vivir una vida que no es la propia.

Invariablemente, me pregunto: ¿para qué ahorrar tiempo, si éste sigue y seguirá siempre su curso? ¿Se está ahorrando vida? ¿Para qué ahorrar el tiempo, si no hay con quién compartirlo? ¿Qué clase y qué calidad de vida se tienen, al pasar por encima del propio gusto con tal de ahorrar tiempo? Y, sobre todo, ¿Qué es lo importante en la vida?

IMG_20170721_180445Los niños intentando advertir a los adultos del peligro que representan los Hombres Grises, según ilustraciones de Ende (tomado de mi libro).

A todo esto, se antepone la figura de Momo. Una niña pensativa, que escucha para comprender y para preguntar antes que para responder y producir. Que medita, y puede llegar a escuchar la mismísima música del tiempo y de los planetas. Alguien que, en una era de consumismo desaforado, no quiere tener más cosas sino que quiere compartir su tiempo, la riqueza más grande, con las personas que quiere. Una persona que nos recuerda la importancia de ser humano, y de hacer de vez en cuando altos en el camino para conocerse a uno mismo.

Momo es una paria. Una niña sin siquiera un apellido o un documento de identidad; cuya historia tiene lugar en un barrio pobre de una ciudad sin nombre, en la que hay un anfiteatro. Sus amigos (Gigi Cicerone y Beppo Barrendero) son personas que están –como ella- en los límites de la sociedad; al punto de no tener un número de registro civil, no portar documentos de identidad o siquiera tener un trabajo estable. ¿Esto los hace menos humanos? ¿Los hace no existir? ¿Quién determina qué existe en una sociedad, y cómo?

Ende también tiene cierta intención al situar la historia en el límite -literal y figurado- de la sociedad; pues no sólo deja implícito que a veces la gente más humilde es la menos preocupada por atesorar, sino que también las historias mágicas tienen lugar, precisamente, entre ellos.

Por todos estos detalles, Momo es una reflexión social muy aguda. El autor, ingeniosamente, la expresa en las palabras sencillas de una niña; y urde en la trama fantástica de la historia elementos y detalles que, como semillas, se siembran y germinan en forma de preguntas, cuando su propio tiempo es propicio.

Momo es el único libro que no presto de mi biblioteca. Prefiero regalar un ejemplar (o una copia, si no los hay disponibles a la venta) a quien me pregunte por él. Sin embargo, no recuerdo quién me lo regaló. A quien haya escogido semejante regalo, unas gracias enormes. Me cambió la vida, y me hizo en parte ser quien soy hoy.

P.S: un dato divertido para terminar. Uno de mis capítulos favoritos de la historia es “La cuenta no es correcta, pero cuadra”; en el que los hombres grises engañan al Señor Fusi, el barbero. Con los conocimientos matemáticos de mis 9 años, intenté pero no pude darme cuenta de porqué la cuenta no cuadraba.

Muchos años después, puedo decir que la cuenta es matemáticamente correcta; pero es fundamentalmente incorrecta porque los hombres grises estaban confundiendo al señor Fusi, mezclando el tiempo que ya había vivido con el que le quedaba por vivir. Y, no contentos con ello, le estaban ofreciendo un esquema piramidal de rendimientos para convencerlo de ahorrar tiempo, sí o sí.

This entry was published on July 24, 2017 at 3:42 pm and is filed under Lectura. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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