Abogada del diablo

Hoy quiero representar un papel que muy, muy pocas veces me gusta. Quiero hacer de abogada del diablo; de varios diablos, en particular. Quiero defender a aquellos libros que, sin llamar abiertamente al odio, tampoco son considerados políticamente correctos hoy en día. Libros y series que he leído y disfrutado como adulta y como niña; punto último que levanta algunas sensibilidades, pues esta es la etapa en que la mente es más maleable y se forman los principios de las personas.

Quiero empezar por Naricita. Tía Anastasia era sujeto de las bromas más pesadas posibles por parte de los niños. Sus nervios siempre estaban al borde del colapso por lo que pasaba en la finca, y siempre estaba en la primera línea de los acontecimientos, en parte por travesura de los niños y en parte para poder avisar a Doña Benita si sus amados nietos tenían algún problema. Eso, sin contar que Monteiro Lobato hacía referencia a ella con mucha frecuencia como “la negra”; que le endilgaba unos comportamientos casi simiescos y que sus razonamientos eran infinitamente menos sofisticados que cualquiera de los pertenecientes a un adulto. Racismo puro y duro; por más que los niños se derritieran, como en efecto lo hacían, por su “Buena Anastasia”; que los consentía con su cariño y sus dulces cuando eran amables con ella.

También leí a Tintín, que puede verse como una apología del colonialismo belga: los nativos de los países que visita el reportero son siempre caricaturizados como veniales, serviles, morenos y tontos. Ante ellos surgen la estatura moral de Tintín, blanco de alma y de piel; que como reportero descubre las tramas de corrupción en que están envueltos y resuelve los crímenes (en lo que es también una burla a la Policía, encarnada en los Detectives Hernández y Fernández), mientras lleva una vida glamurosa y aventurera que, nos dicen, es propia de los reporteros.

Sigo por el Conde de Montecristo, otro de mis favoritos y un clásico de todos los tiempos. Los españoles, italianos, griegos y árabes (el tercer mundo de la época) tampoco salen muy bien librados. Dumas los retrata, directamente, como mafiosos, corruptos y asesinos; enfrentados, como siempre, a Francia, el paradigma de la civilización y las buenas costumbres encarnado por el vengativo Dantès. ¡Ay, Tratado Skies-Picot (link Wikipedia), por esa senda de exotismo te veo venir!

¿Y saben por qué todos esos libros son así? Pues porque en ese momento, la sociedad era así. En la época en que Lobato escribió Naricita (e incluso hoy) el racismo impera campante en América Latina; donde una parte de la población no se ha podido insertar de forma exitosa en el mercado laboral debido a carencias educativas derivadas de ese racismo. Los africanos sufren las consecuencias aterradores del régimen colonialista más opresor del que se tenga conocimiento, mientras luchan por hacer gobernables e institucionales sus países, con o sin ayuda del resto del Mundo; y Francia (y Europa en general) sigue tratando a los árabes de la misma encantadora manera en que los trataba por los tiempos en que se sitúa el Conde de Montecristo. Hay suficiente prueba de esto último en los disturbios populares en los suburbios de París (donde predominan mayoritariamente los inmigrantes e hijos de inmigrantes árabes y africanos), o en el hecho de que los autores materiales de los atentados que han sacudido al país en los últimos años son, por lo general, inmigrantes de segunda o tercera generación que, por lo tanto, tienen pasaporte europeo y derecho a votar.

Escandalizarnos y subir las manos al cielo ante la existencia de este tipo de libros es desconocer, precisamente, lo que somos. Es desconocer nuestro proceso histórico y nuestro devenir como sociedad. Si hoy encontramos censurable este tipo de comportamientos es porque nuestra sociedad ha vivido un proceso de cambios e integración social a lo largo del Siglo XX (con mayor o menor velocidad e impacto, según el país) gracias a los movimientos de derechos civiles. Éstos nos permitieron evolucionar; no hacia sociedades más diversas e incluyentes (ojalá: esa es la meta). Pero al menos, hemos podido llegar hasta el punto de que notamos esos comportamientos y los cuestionamos.

Así que en lugar de desechar una obra literaria que puede ser de un valor enorme o que puede representar, en el futuro, un recuerdo feliz de la infancia por comportamientos así sugiero que,  en su lugar, utilicemos esos comportamientos que tanto escandalizan a los correctos para expresar precisamente eso: que no son correctos. Que no están bien y que representan una forma de ver el mundo que está en proceso de no ser aceptada porque bajo el cielo tenemos derecho a caber todos; y tenemos derecho a hacer valer nuestros méritos personales. Si seguimos “echándole la culpa al sofá”, como decimos en colombiano; en lugar de dirigir nuestros esfuerzos hacia una mejor comprensión y una más profunda reflexión de lo que somos y de aquello que queremos ser, nos va a devorar la corrección política.

This entry was published on October 18, 2017 at 7:24 am and is filed under Filosoraptor filosofando, Reflexiones Lectoras. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

5 thoughts on “Abogada del diablo

  1. Me encantó, tenes muchísima razón. Yo he caído en eso, sobre todo en la secundaria cuando me daban libros para leer y *aunque lo leía* yo terminaba confundida, y me olvidaba que eso no esta pansando ahora. Hoy en día tenemos otros problemas, que quizás más adelante los libros de ahora sean como los otros que yo criticaba. Solo hay que aprender.

    • Muchas gracias por tu comentario! Los libros son siempre un reflejo de la sociedad en que vivimos; y eso a veces no es muy tenido en cuenta. Por eso es que la gente muchas veces condena obras bonitas al olvido. No digo que exaltemos Mein Kempf aquí (ese tipo de libros que incitan al odio), pero sí que comprendamos que éramos así como sociedad, y busquemos un mejor futuro.

  2. Una entrada muy interesante y de la cual se pueden aprender muchas cosas. Coincido totalmente con tu opinión sobre el tema de Tintin, pero en mi caso no recuerdo haber leído ninguno de sus tebeos completo. Siempre me ha llamado la atención esa tensa relación con el vecino francés, un país que presume del legado de un ególatra genocida que a través de la violencia y el odio sometió al resto de Europa de una forma cruel y humillante.

    • Muy buen comentario! Yo no había caído en la relación con Francia en el contexto de Tintín. Sí la había notado en las novelas de Ágata Christie, en la que Poirot siempre enfatizaba que era belga; pero no en Tintín. Muy buen punto! Aquí entre nos, de los franceses pienso que, más allá del loco de Napoleón, han trabajado muy duramente para cultivar cierta fama de neuróticos. Eso ha pesado en que vaya a Francia…..

      • Bueno tambora me gustaría decir que Francia también he hecho una gran contribución en el mundo artístico y también fueron muy importantes en lo referente en la creación de la Unión Europea y eso ha ayudado a crear una Europa más fuerte y unida.

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