Caminando sobre rieles

Octubre 18

Nueva York

Hoy comenzamos nuestro día dedicados a algo que, por loco que suene, nos gusta hacer cuando viajamos: labores administrativas. Lavar la ropa, disponer del equipaje en la consigna, etc. Así que, después de dejar la mayoría de nuestro equipaje en la consigna, nos fuimos con nuestra ropa sucia al más neoyorquino de los inventos: el laundromat, o lavandería de autoservicio.

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Las siguientes dos horas las invertimos en tener nuestra ropa limpia y tomar café. Regresamos a la consigna, dejamos el equipaje limpio y salimos a caminar por Chelsea; un distrito que, nos parece, tiene muchísimo que ofrecer.

Comenzamos por el High Line, el parque hecho sobre los antiguos rieles de una línea de tren de carga que abastecía el mercado del mismo nombre de carga y ganado; para ser vendido en el cercano Meatpacking District, o Distrito de los Carniceros.

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El parque surgió como una alternativa de pulmón verde para el sector, que buscaba integrar los elementos que ya había del paisaje mientras mejoraba el entorno y la calidad de vida de las personas que vivían en él. El parque fue la respuesta precisa: compuesto de espacios verdes, zonas para comer cercanas al Mercado y también partes designadas para sentarse y disfrutar de la vista, es un oasis de tranquilidad en una ciudad que, sabemos, es una de las más agitadas del mundo.

Nos bajamos de la High Line, y caminamos por el Meatpacking District; otro famoso para los que sigan Sex and the City. Después de una caminata corta, tomamos el bus para irnos a conocer el Intrepid; un museo que consta de una portaviones, un submarino y un transborador espacial juntos.

 

Pipe estaba en su elemento. Sorprendido, miraba para todas partes y caminaba tomando fotos y viendo todo a su alrededor. Conocimos la historia del Portaaviones (comisionado en la IIGM, retomando labores en la Guerra de Vietnam; y, desde entonces, sirviendo para la educación de los visitantes a la ciudad); así como del Transbordador y el Submarino; uno de los primeros de tipo nuclear en prestar servicio, en el entorno de la Guerra Fría.

Si bien es admirable reconocer las condiciones de vida y de servicio de los veteranos que sirvieron en el Portaaviones, las del personal del submarino son increíbles. El espacio se maximiza todavía más que en un barco, si tal cosa es posible; llegando a haber registro de submarinistas que llegaron a tener sus literas directamente por encima de los torpedos. Creo que eso no es algo que muchos estaríamos dispuestos a hacer; así como a pasar largas temporadas en aguas enemigas, tomando información y patrullando sin poder salir a tomar aire o ver el sol. Creo que se requiere algo más de aguante del que muchas personas tenemos. Con decirles que, si queríamos entrar al submarino, debíamos poder demostrar que podíamos pasar por una de sus puertas sin ayuda de nadie…!

 

Terminamos el día en este museo; y se acercaba la hora de ir a Niágara, la siguiente etapa de nuestra Aventura Americana…y todavía teníamos un pendiente: no habíamos probado ningún plato exótico. Nueva York es la capital del mundo; y en ella están representadas todas -o casi todas- las nacionalidades y grupos étnicos del planeta. ¿Cómo irnos sin probar comida que nunca probaríamos en Colombia?

Mientras caminábamos por Hell’s Kitchen rumbo a la terminal de buses, llegó nuestra respuesta: Queen of Sheba, un restaurante de comida etíope. Lo encuentran en 650 10th Avenue, entre las calles 45 y 46.

El papá se quiso hacer el loco y seguir de largo ante nuestro más que evidente entusiasmo; pero un enérgico “Papi, es que es aquí donde vamos a comer” de parte nuestra lo hizo resignarse un poco a nuestra solicitud.

Él pidió una tilapia frita que encontró y que, gracias a Dios, traía la salsa a un lado; pues resultó ser el plato más picante de la mesa. Pipe pidió pollo y yo cordero. Deliciosos: sazonados, y servidos sobre una especie de creppe; para comer con la mano, como los etíopes. A  nosotros, sin embargo, nos vieron la cara de occidentales redomados y nos trajeron cubiertos sin siquiera preguntar.

Pasamos la comida con cerveza etíope; San Jorge y yo además pedí una baklava y un café etíope, hecho con cardamomo. ¿Cómo si no podría haber probado esta delicia?

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Salimos del restaurante, nos fuimos a la consigna y recuperamos nuestro equipaje; y ya nos fuimos a la enorme terminal de buses de NY a esperar nuestra salida rumbo a Niágara.

Viajes en metro por persona: 3

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Gran total de viajes de metro en Nueva York: 14, de la buena suerte. ¿Sí ven que vale la pena? La validez de la tarjeta es por 7 días; y sólo en cinco hicimos, cada uno, 14 trayectos. Por proyección, habríamos hecho 19 trayectos en los 7 días que dura la tarjeta; quedando su costo más que librado. Así que ya saben: la MetroCard ilimitada es la mejor opción para transportarse por la ciudad, si van a quedarse al menos tres días.

This entry was published on November 14, 2018 at 9:00 am and is filed under Diario de Viaje, Viaje. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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