Finalmente, ¿qué pasó en La Hélade?

Qué vergüenza: en Grecia pasan cosas, ¡y yo quieta sin escribir! Vale que he estado llena de trabajo; pero no es razón para no dar reportes de avance. Los comparto a continuación:

En el Canto XIX, a Aquiles por fin se le aparece la Virgen o, como dirían los contemporáneos, siente el vientico de la Rosa de Guadalupe: le dan armas nuevas (made in Hefestos, que no es cualquier cosa), Atenea le alegra la vida, se reconcilia con Agamenón y, lo que tampoco es cualquier cosita, le devuelven a Briseida. ¿La recuerdan, la del Canto I? Pues la misma. Aquí parece que las mujeres pasamos de manos como cabezas de ganado.

Así que Aquiles, a pesar de seguir de luto por Patroclo (pues en su tienda todavía está el cadáver en la velación), sale al combate de mucho mejor ánimo que el que ha tenido en los últimos dos cantos.

Pero el Canto XX es, de nuevo, la guerra. Una que deciden los dioses. Zeus, ¡por fin! Los autoriza a tomar partido por el que cada quien considere que es su bando. Así que aquí, que somos team griegos, recibimos a Atenea (que tiene su ñaña en Odiseo), Hefestos, Poseidón y Hermes. Los troyanos reciben el apoyo de Afrodita (obvio, allá están Helena y Paris), Ares, Febo, Latona y Janto. No muy buen equipo, para mi entender; pero recordemos que estamos leyendo un recuento más bien inclinado hacia el lado de los aqueos jejejeje…

Y empieza el combate. Aquiles está furioso; y Febo se aprovecha y lo hace combatir con Eneas. Pero Poseidón decide que Eneas no se muere hoy, y se lo lleva del combate envolviéndolo en una nube. Según el dios de los mares, los oráculos predicen un reino entre troyanos para Eneas. ¿Será?

Sigue el combate, y Aquiles y Héctor se van acercando. El primero mata a Polidoro, hermano del segundo; por lo que el héroe troyano arde en deseos de venganza (se viene un TroyaBowl o algo así); pero Febo no quiere que ese combate sea hoy. Cosa dura esta de combatir y llevar caprichos celestiales: Febo se lleva a Aquiles en otra nube; y el héroe –que quería pelear con Héctor como desde el principio de la guerra- se consuela combatiendo y matando troyanos de lo lindo.

Así que llegamos al Canto XXI. Es el canto del combate acuático: Aquiles se dirige hacia el Escamandro (uno de los dos ríos que rodean Troya) y comienza a combatir desde allá. Cuenta –o más bien, exagera- Homero, que el cauce se llenó de tantos muertos que el dios Janto (el dios del Escamandro) sintió compasión y anegó el cauce del río. O sea, se inundó la llanura de Troya.

Aquiles, que seguía en combate, debe de pronto sobrevivir no sólo al río; sino asegurarse que los doce nobles que había guardado para sacrificar en la tumba de Patroclo sobrevivan también. Aquí viene una parte complicada –y un tanto imprevisible- de la guerra. Los dioses se ponen a ayudar a Aquiles, terminan creando un incendio en la llanura…y combatiendo entre ellos. Se arma la guerra, también, entre los dioses. Combaten sin descanso hasta que regresan al Olimpo. Todos, menos Febo. Él se queda en Troya, pues parece ensañado con Aquiles; quien está de nuevo combatiendo. Esta vez, sobre la tierra; y con una fuerza tal que Príamo manda a cerrar la puerta de la ciudad. Apolo decide disfrazarse de Agenor, uno de los guerreros, con el fin de distraer a Aquiles; para que los troyanos puedan refugiarse en su ciudad.

Para el Canto XXII, encontramos de nuevo las puertas de Troya cerradas. Héctor, sin embargo, está afuera, y quiere combatir a Aquiles. Señores, llegó el TroyaBowl.

Los dioses, sin embargo, dan un compás de espera: asustan al uno, ponen a correr al otro…hasta que Zeus pone el destino de Héctor en la balanza, y el resultado no es positivo. Decreta que debe morir. Así que, de repente, el héroe troyano pierde todo el apoyo que tenía por parte de sus dioses. Antes bien, la solapada de Atenea se disfraza de su hermano y lo insta a combatir. O sea, a morir como el héroe que es.

Comienza el combate; en presencia de Atenea. Ella, por supuesto, ayuda a Aquiles y le fortalece el brazo; mientras engaña a Héctor y lo deja en una situación de debilidad tal, que se descuida y queda al alcance de la lanza de Aquiles. Éste otro no es lento; y atraviesa con su lanza a Héctor, que cae muerto.

Aquiles despoja el cadáver, lo amarra al carro y se lo lleva hasta su campamento; para desgracia de Troya y de Andrómaca, la esposa de Héctor.

Así que el Canto XXIII nos trae, otra vez, funerales. Esta vez, son los de Patroclo (¡por fin!) que se aparece en un sueño a Aquiles y le dice que, por favor, lo entierre de una buena vez. El héroe pone manos a la obra; y Homero describe los preparativos con detalle: se acarrea madera, se arregla el cadáver, etc. Mientras tanto, al cuerpo de Héctor lo atienden Febo y Afrodita.

Me llama mucho la atención que los griegos paren sus combates para hacer sacrificios o para enterrar sus muertos. Es curioso; porque eso no suele suceder con los combates hoy en día, y me hace pensar mucho en la Tregua de Navidad en la Primera Guerra Mundial; que creo que fue la última de su tipo.

En fin, al día siguiente comienzan los entierros: llevan los huesos de Patroclo en una urna y se improvisa un túmulo para que descansen mientras se reúnen con los huesos de Aquiles; ya que, según una promesa que se hicieron, ambos héroes van a descansar juntos.

También se describen los juegos que hay a continuación de la ceremonia; los ganadores y los premios que reciben. Otra costumbre curiosa esa de hacer competencias deportivas al final de un entierro; pero bueno: eran otros tiempos.

El Canto XXIV, último de la Ilíada, termina con el entierro de Héctor. Los troyanos quieren enterrar a su hijo favorito; pero ya éste fue depositado en el túmulo de Patroclo: Héctor fue uno de los doce nobles troyanos con quienes Aquiles juró que dotaría su tumba. Éste, no obstante, cegado por el odio, profana de nuevo el cadáver de Héctor sacándolo de la tumba de Patroclo. Doble profanación. Febo está furioso y Zeus le da la razón: eso no se hace. Así que éste permite que los troyanos rediman el cadáver yendo adonde Aquiles con dos carros llenos de oro y regalos para el héroe. Será Príamo, el anciano rey de Troya, quien se presente ante él, le lleve el rescate y le suplique poder enterrar el cadáver de su hijo. Aquiles cede; y permite que Príamo –quien ha sido guiado por Hermes- pueda llevar el carro con los huesos de su hijo de vuelta a la ciudad. Y fin.

Homero cierra La Ilíada muy bruscamente: simplemente describe cómo fueron los funerales, y remata “Así fueron los funerales de Héctor, domador de caballos”. Así, sin escena poscréditos ni nada que permita entrever cómo terminaron los combates en Troya; y yo no estoy de acuerdo.

Así que cierro esta primera parte de Homero2019 con una reflexión que puede ser impopular: los dioses, a la larga, están del lado de lo que es correcto; y son los humanos –y sus motivaciones- lo que varía de firma caprichosa: fue Hermes, un aliado de los aqueos, quien llevó a Príamo a por el cuerpo de Héctor, porque eso era lo correcto; no la profanación de Aquiles, por más héroe griego que fuera. Poseidón salvó a Eneas porque era lo correcto (sino, no habría habido Eneida); porque los que debían combatir eran Aquiles y Héctor y, en el gran esquema de las cosas, Eneas habría sido daño colateral ante la ira de Aquiles.

Así que Homero, con su limitada condición de humano, simplemente narró lo que vio, y donde creyó que sus dioses habían intervenido; pero, precisamente porque es humano, no pudo ver dónde estaba lo correcto o lo incorrecto en las acciones de los hombres, que ganaban o perdían el apoyo de sus dioses. Dios escribe derecho en renglones torcidos.

 

This entry was published on September 2, 2019 at 9:34 am. It’s filed under Lectura and tagged , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

2 thoughts on “Finalmente, ¿qué pasó en La Hélade?

  1. Estabas bien atrasada :), pero muy buen resumen!

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