La Ciudad de los Tres Nombres

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Hospital Pablo Tobón Uribe, Medellín, 24 de diciembre de 2019:
Mientras atendían a mi hermano por una inoportuna intoxicación alimentaria, tuvo lugar esta conversación entre la TíaViajera y yo:

TV: Imagínate que me compré un libro bacanísimo. Me lo encontré en el Viva de Laureles, una vez que fui con Juanita, en una burbuja que vende libros. No es una librería Nacional sino un puestico de otra librería. Es una biografía de Estambul. ¿Has visto, como esa biografía de Jerusalén?

Yo: sí, la de Simon Sebag Montefiore, dije; pero por dentro pensaba “ay, no

TV: esa. Pues esta es así; pero de Estambul. Le leí  la contraportada y me antojé horrible de leerla. Incluso, hay una recomendación de Frankopan diciendo que es buenísima de leer…

Yo: qué bacano tía. A ver si es esta, le dije, y procedí a buscar en mi celular la portada de este libro mientras pensaba “ay no. ¿Qué voy a hacer cuando me confirme?

La cara me cambió cuando confirmó. Sólo pude decir lo siguiente:

Yo: Tía, es que ese libro ya lo tenías. Me lo habías prestado en julio de este año. Y yo te había dicho que no te lo podía recibir; pues el libro, en primer lugar, estaba nuevo; en segundo lugar, no lo habías leído tú; y en tercero, yo ya tenía una lista bastante larga de leer y estaba configurada hasta diciembre. Así que, con mucho gusto, podía pedírtelo prestado en los días de año nuevo de 2020 y comenzar a leerlo por esa fecha; pero que me daba física pena contigo llevármelo pues lo estaría acaparando, ya que podías aprovechar y leerlo tú (o alguien más) mientras tanto. Y tú me dijiste que ni se me ocurriera, que en mis manos quedaba bien, porque sabías quién lo tenía y que yo era responsable…pero la verdad, este olvido nunca se me habría pasado por la cabeza.

Con los ojos como platos, la Tía sólo atinó a confirmar que todavía tenía la tirilla, que no había roto el sello de calor, y que tendría que ir en los próximos días a cambiar o pedir la devolución de la compra del libro.

Y tal cual: como había pensado, comencé a leer este libro por los días de año nuevo. Y leerlo ha sido una experiencia casi sensorial para mí; pero estoy segura de que cualquier persona, haya o no haya viajado allá (yo fui lo suficientemente afortunada como para conocer Estambul) disfrutaría de esta extensa y profunda biografía de uno de los puntos pulsátiles de nuestro planeta y, sobre todo, de la Humanidad.

Digo que fue una experiencia sensorial porque, cuando leía, sentía como si me transportara hasta allá: sentía el sol en la piel, oía la gente hablando. Así de poderosos pueden ser los recuerdos.

¿Difícil de leer para alguien que no sea versado en la materia? Jamás.

En primer lugar, los capítulos son cortos. Hughes es consciente de la magnitud del tema que trata y, en consecuencia, tiene muy buen cuidado de no cansar la mente ni los ojos; de inducir a la pausa; y de no enrevesar la cabeza con una historia que está llena de extras y de protagonistas (a no ser que entendamos que la propia ciudad es la protagonista y, los seres humanos, meros extras o espectadores) de todos los tipos. Muy por el contrario: los capítulos pueden ser de alrededor de diez páginas; son someros y van al punto.

Siguiendo la corriente que hay hoy en día en la historiografía, Hughes no se limita a recitar la chorrera de años y de acontecimientos (eso, con el más que debido respeto a Chespirito, es digno de la escuela del Chavo del 8; aunque para quien guste de ello, existe una cronología al final del libro); sino que se enmarca en la corriente actual, que busca ilustrar las relaciones entre las personas y las fuerzas de la historia que desencadena los acontecimientos. Pero no implica per se que el acontecimiento se dio como una generación espontánea (facepalm), sino que muchas veces coexistió con otros y con las propias personas, en una especie de ecosistema histórico.

Esta ilustración puede llegar a ser más que compleja para un divulgador; pero Hughes se luce haciéndolo. Por eso, en segundo lugar, el libro permite guía al lector por la historia de la ciudad; pero al mismo tiempo le permite ir interconectando personas y acontecimientos de forma muy amigable por la calidad de su escritura, que mezcla lo antiguo con lo moderno. La autora logra que estas mezclas -que muchas veces no son lineales ni temporal ni geográficamente- tengan éxito; porque porque remite al lector mentalmente al sitio, lo relaciona de forma directa con el tema que trata en el capítulo, e ilustra su influencia o su situación en el Estambul moderno; y además, saca un poco al lector de la zona de confort. Es hasta pedagógico; y, para alguien que ha viajado allá, como es mi caso, es como un regreso a la ciudad que hace el libro todavía más agradable.

En tercer -y último- lugar Hughes tampoco te tira simplemente a las personas o a los acontecimientos tal cual; no es tan boleta con su -casi siempre desprevenido- lector: ella te los va sacando paulatinamente a la palestra; a veces hasta tres capítulos antes de que se conviertan en protagonistas o líderes de la Historia. O sea que mantiene al lector bastante alerta y atento a los nombres o a los cambios de acontecimientos que puedan existir en el entorno de la ciudad. Nos puede dejar bastante bien entrenados para ejercicios de prospectiva o análisis político…

Así que mi mejor consejo con respecto a este libro es que las apariencias engañan: no se desanimen por el número de páginas -alrededor de 750, excluyendo cronología, notas y agradecimientos finales de la autora- que pueda tener la edición. El libro no se hace pesado, ni largo, ni imposible de leer. En ese sentido, Hughes es una gran divulgadora y logra poner en perspectiva del lector esa síntesis perfecta de lo antiguo, lo moderno y lo permanente; de esa simbiosis entre oriente y occidente, que se encuentra en el núcleo del alma de Estambul.

This entry was published on January 22, 2020 at 9:00 am. It’s filed under Lectura, Reflexiones Lectoras and tagged , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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